Olor a lluvia
Elena
Montesinos
Para
Carlos,
porque
él lo empezó todo;
y para
mi madre,
porque
sin ella, nada hubiera sido posible.
La pared es verde, con ese color que tienen las batas
de los cirujanos, por la parte inferior. La parte superior es de un pardo
indefinido, que quizá alguna vez fue blanco. Con esa luz no sabría decirlo.
Hace frío. No me importa. Ya no llueve.
Miro las volutas de humo de mi porro deshacerse en el
aire, contrastando sobre la pared, disolviéndose en anillos barrocos. Sentada
sobre la cama, fumo medio canuto que alguien había olvidado en un cenicero la
noche anterior. Tengo ese estado de lucidez que a veces producen las drogas, o
el dolor, o el íntimo convencimiento de que no es ahí donde quería llegar, mientras
miro la pared pintada de un verde que habría horrorizado al más chabacano
interiorista. Puedo sentir los poros de mi piel erizándose en mis hombros
desnudos, el humo pasando por mi garganta, la boca algo pastosa, el cuerpo
cansado. Menos mal que no he bebido.
La luz de las farolas de la calle entra a través de las
persianas, proyectando sombras raras de las ramas de los árboles, que se mueven
al son del viento y de las gotas que los abandonan. Puedo escuchar cómo pasa
por el asfalto mojado algún coche despistado, una ambulancia a lo lejos, las
suaves respiraciones acompasadas. A mi lado, dos cuerpos. Yo sé que ella
descansa de lado, con el cabello moreno esparcido sobre la almohada, tranquila
y hermosa, y que él duerme sobre la espalda, mostrando el pecho ancho y
velludo, enmarcando su perfil con el brazo izquierdo flexionado, pero prefiero
mirar la pared, sentada a los pies de la cama.
¿Acaso me avergüenzo de las horas pasadas? No; y tampoco
es la primera vez que me encuentro con varios individuos en una cama. Con él sí
es la primera vez, pero ella es una antigua conocida de fiestas nocturnas. No;
la sensación es más bien de hartazgo. O de incomodidad. O quizá temor. Prefiero
fumar, olfatear el olor dulzón del porro y mirar la pared verde, antes que
pensar, antes que reflexionar, porque tengo la sensación de que estoy al borde,
justo a punto, de mirar a los ojos de la bestia.
No, no quiero pensar en las drogas que tomé anoche, ni en
los cuerpos que he besado, acariciado, lamido, tomado, ni en la sensación de
aspereza en las fosas nasales, ni en el escozor entre mis piernas. No quiero
pensar y por eso fumo, pero sólo estoy consiguiendo que se me dispare la mente
en direcciones que no me siento capaz de controlar. Por eso miro la pared
verde, intentando controlar mi mundo, en esa habitación helada de propietario
desconocido, y no me tiendo al lado de mi compañera de juegos para despertarla
con caricias y divertirnos un poco antes de que él se dé cuenta.
Pero sé que estoy cerca del borde, muy cerca. Algo está a
punto de quebrarse, quizá las propias presas de mi pensamiento, y una vez
desencadenada la fuerza, no podré detenerla, y si salgo corriendo no hará más
que perseguirme. Sé que hay algo que no va bien, y que si pienso en ello,
tendré que enfrentarme con cosas a las que no me siento capaz de vencer. Así
que fumo. Ejercicio zen de concentración. Porro a los labios, suave succión,
humo azulado entrando en mi boca; paladeo y aspiración; jugueteo del humo en
los bronquios, momento de pausa, y exhalación en una uniforme columna de humo
gris; disolución del humo sobre el fondo verde. Vuelta a empezar.
¿Qué temo? ¿Qué es esa corriente subterránea en el fondo
de mi cabeza? ¿Qué es lo que va tan mal? Apartando ese… “altercado” con el
ministro de Interior, que quizá me podía costar la carrera, claro… Nunca se me
ha dado bien engañarme. Por mucho que me aterrorice la idea de que quince años
de esfuerzos salten por los aires gracias a un misil de precisión lanzado desde
el Ministerio del Interior, ese no es el mayor de mis problemas. Es posible que
sea el más urgente, sí, pero siempre he salido adelante, ¿verdad? Sí, verdad.
Aunque sé que, incluso si consigo arreglarlo, esta sensación de peligro
permanecerá, de agobio, de disonancia, de discordancia, de irregularidad; la
seguridad de que hay una china en los engranajes. Y qué es, qué es eso que
tanto me inquieta, qué es eso que tengo dentro que no funciona, qué es, no
quieres saberlo, o sí, mejor no, no pienses, Sira, no pienses, Sari, no mires,
no… ¡Fuma, muévete, haz algo!
Me revuelvo incómoda, y ella gruñe un poco y se remueve.
Me quedo quieta. Miro la pared verde. Que no se despierte, por favor, no quiero
hablar con nadie. El porro casi se ha acabado. Estoy en ese borde entre el
colocón y la resaca, tengo frío, y no me encuentro demasiado bien. Es mejor que
me vaya. Ya me ducharé en casa. Tengo que ir a trabajar.
Sira Salanueva corrió por los pasillos del metro hacia la superficie entre la marabunta matinal de gente que vomitaban los vagones, como todos los días. Como en una estampida de ñus, los viajeros atestaron las escaleras mecánicas y surgieron a la luz de la mañana como topos deslumbrados y agresivos, con cara de sueño y de mal humor. Ayudada por un entrenamiento de años, Sira esquivó a oficinistas soñolientos y a estudiantes displicentes, a trabajadores apresurados y a peatones lentos y cruzó la calle, y agradeció mentalmente el invento de los frenos de disco en los coches y de los neumáticos con dibujo cuando evitó por milímetros ser atropellada por un conductor despistado. De dos brincos saltó unos charcos y entró en la sede del periódico. Empezaba a llover otra vez.
Se entretuvo un ratito en la habitación del café, y entró en el despacho de su orondo jefe dos minutos antes de las ocho y media de la mañana, con un par de tazas de arábigo en el cuerpo, acompañadas de un digestivo y dos aspirinas. Tenía la sensación de que debía recogerse el pelo, para apoyar su cuello sin impedimentos en el tajo, como hizo con orgullo de reina Ana Bolena en su decapitación, y que así su cabeza pudiese rodar con elegancia hasta los abrillantados zapatos de cocodrilo del Señor Ministro. Lo había hecho bien, o eso creía, pero de repente la fuente de información había desaparecido, y se había quedado sin pruebas y con el culo al aire. Como una principiante. Y ahora tenía que pagar.
Ramiro Alameda era gordo y pelirrojo. Tenía un ataque de gota, como Enrique VIII, y por eso apoyaba delicadamente su pie izquierdo sobre una butaquita forrada de cuero, mientras comía galletas integrales que remojaba en un café con leche desnatada. Era un buen periodista, y sorprendentemente era un buen jefe, y por tanto podía tener un carácter insoportable. Por eso, su mujer le había colocado la butaquita bajo el pulgar hinchado por el ácido úrico y le había mandado a trabajar: por el bien de su matrimonio.
Saludó a Sira con la cabeza y un sonido gutural, relleno de galleta. Las migas se enganchaban en su barba bermeja, que a esas horas ya llevaba unos cuantos tirabuzones con textura de alambre. Se apreciaban mutuamente. Ambos eran plumillas de los que tenían que estar al pie del cañón para dar lo mejor de sí, trabajadores de la tecla, amantes de las palabras. Se reconocían como pertenecientes a una casta casi maldita, que llevaba la penitencia en el mismo pecado, viviendo en la desgracia. Dispuestos a ir a donde fuera y dejar lo que tuviesen entre manos por una buena historia.
Pero este no iba a ser el caso. Sira se sentó en el borde de la silla, bajo la mirada verde, y esperó el chaparrón.
—Acabo de hablar con el Ministro —comenzó Alameda sin más circunloquios—, y creo que conseguiré que no te eche a los leones.
Esas no eran las noticias que Sira esperaba. Abrió los ojos sorprendida, creyendo que no había oído bien. El gordo levantó una mano, extendiendo los tres dedos que no sujetaban una galleta, en un gesto de detención.
—Lo que puede salvarte es que la cosa no ha tenido trascendencia aún, y que tienes un jefe excelente —siguió diciendo con una chispa traviesa de color esmeralda en los ojos—, que se preocupa cuando piensa que tiene que prescindir de una buena trabajadora.
… Y que es responsable subsidiario de lo que sus subordinados publiquemos y que no quiere dejarse arrastrar en la caída, pensó ella. El gotoso hizo una pausa para engullir otro trozo de galleta, pero Sira sabía que no había terminado, y esperó. Porque tenía que haber un pero.
—Pero —Alameda se chupó el pulgar —… Será mejor que te quites de la circulación durante una temporada, Sira. Hasta que se calmen las cosas —alargó la mano buscando, quizá, otra galleta—. Aunque si te coges unas vacaciones, estaremos dando la razón al banquero y al Ministerio y eso es algo que me da por el culo.
Ella contuvo una sonrisa, porque parecía que iba a salir con bien de aquella, pero estaba temiendo una corresponsalía en Siberia. Ramiro cogió unos folios con su mano regordeta y se los lanzó sobre la mesa, donde se fueron deslizando hasta detenerse contra el monitor del ordenador.
—Me han pasado esta historia. Quiero que la cubras, y si no la hay, que la pintes —y cogió otra galleta.
Sira suspiró, sabiendo de antemano que la historia no valía nada, pero no había posibilidad de discusión. Echó un vistazo a las hojas impresas. Algún teletipo de agencias, un par de correos electrónicos, unas fotocopias de recortes de prensa. La pintura de un mural en una parroquia perdida estaba levantando ampollas locales en un remoto pueblo de la costa. No en un pueblo. En ese pueblo. En “el” pueblo. En “aquel” pueblo. Sira leyó ese nombre. Nueve letras. Borecania.
Hubiera preferido la corresponsalía en Siberia.
Levantó la mirada mientras sus labios buscaban la palabra “no”, pero se estrelló contra el muro de clorofila gélida que la miraba desde detrás del café con leche desnatada.
—Sólo tú le puedes sacar provecho, Sira —dijo Ramiro, con voz suave y dura como un estilete. Ella no se dejó engañar por el peloteo, era eso o la calle—. Conoces la zona, te conocen, hablarán contigo. Y además, te sentará bien. Te dará el aire, que no tienes buena cara. Y volverás a tus raíces. ¿Qué más puedes pedir?
—Una cuerda y un buen soporte —habló ella por primera vez, con los ojos fijos en las hojas que tenía en las manos.
—Eso ya lo tienes. No tienes más que dar un saltito y estás acabada.
Sira comprendió que Alameda tenía razón. Tocaba asumir la derrota y tragarse el sapo. Suspiró y se resignó.
—¿Cuánto tiempo tengo para hacer el reportaje?
El teléfono comenzó a sonar.
—Ya te avisaré – la despidió Alameda con un gesto—, pero por lo menos hasta que el Ministro tenga que comparecer en el Parlamento. Unos quince o veinte días. Haz la maleta y sal cuando puedas.
Compadezco a los ojos que hayan crecido huérfanos de
horizontes. Me gusta extender la mirada a lo lejos mientras voy al volante,
sentir que estoy bajo el cielo y sobre la tierra, recordar que hay una cúpula
celeste incluso de día. El alma me respira cuando puedo mirar a lo lejos. Las
condiciones son buenas: unas pocas nubes que evitan el resol, pero ya no llueve
y el asfalto está casi seco. Cuando conduzco me siento dueña de mi propio
destino, como si fuera yo misma quien controla a dónde voy, como si yo tuviera
las riendas.
¿A quién intento engañar? Soy un hámster que corre en una
rueda dentro de una jaula, hacia ninguna parte. No sé si es el destino, o la
vida, o el pasado, me ha cogido, y me ha jodido. ¿No podían pintar el dichoso
mural en cualquier otra parte del planeta? Bueno, aunque así hubiera sido,
seguro que Ramiro se habría buscado las vueltas para hacerme la puñeta de
cualquier otro modo. O poco le conozco, o esta es su venganza por meterle en
problemas.
Me gusta la sensación de conducir, la vibración del
coche, el sonido del motor cómodo con las revoluciones, calcular la fuerza
centrífuga de la curva. Aún me quedan seiscientos kilómetros, por lo menos. No
importa, cuanto más tarde, mejor. No quiero llegar. Me gusta el camino en sí,
porque me puedo hacer la ilusión de que voy a donde debería estar. Es
desasogante, esa sensación permanente de que me estoy perdiendo algo en otra
parte del planeta.
Hale, venga, adelanta, que quiero pasar ya a este camión.
Parece mentira, o van como locos o van pisando huevos. Vidal me decía que era
una impaciente, pero yo creo que no es verdad. La paciencia es muy buena aliada
de un periodista, y desde entonces me ha sido muy útil. Pero en aquel momento
yo no era periodista, ni lo iba a ser nunca. Joder, ¿por qué tengo que recordar
todo? Llevo quince años huyendo.
No estabas huyendo, sólo estabas haciendo lo que tenías
que hacer: vivir.
Bueno, eso también. Pero es algo en lo que no me gusta
pensar, algo que no quiero que ocurra. No quiero volver, no quiero recordar. Ya
dolió bastante entonces como para que me duela otra vez ahora.
Estás comportándote como una niña pequeña.
Bueno, ¿es que no voy a tener ni el recurso del pataleo?
Me cago en la leche... Ese parece un buen sitio para detenerme un rato.
Necesito tener el suelo bajo los pies, y sentir que pertenezco a este mundo, y
que algo es estable y no va a ceder debajo de mí.
La brisa de campo abierto me revuelve el pelo, y me
acaricia el rostro y el cuello. Yo abro los brazos y me dejo querer, y miro el
cielo sobre mi cabeza, asomando entre las nubes, y siento el horizonte en el
cuerpo, y dejo fluir la energía desde el cosmos hasta mis pies, y recargo mis
energías, que se me estrangulan en la garganta. Me hará falta toda la fuerza
que pueda invocar.
Aunque aún tengo la esperanza de llegar y que nadie me
reconozca. Han pasado muchos años, y he cambiado mucho...
Y lloverá hacia arriba y los peces montarán en bicicleta
por la plaza mayor. No llegarás muy lejos en tu incógnito con el apellido
Salanueva, y con esos ojos igualitos a los de tu madre.
Los mismos ojos que me miraban mientras me decían esas
cosas espantosas la noche anterior a... no quiero, no quiero.
No me importa que no quieras. Te vas a enfrentar a ello,
así que mejor ahora a solas, que con el pecho abierto frente a otros.
Vidal está muerto. Mi madre, también. Tengo un padre que
sigue pasando la mayor parte del año subido a un barco, una hermana con un hijo
algo tarado al que no conozco, y un hermano que nunca ha ejercido de tal y con
el que no tengo ningún tipo de relación. Me fui, abandoné a mi familia. Pero
ellos me habían abandonado antes.
Me corren lágrimas por las mejillas, a mí, que no me
conmueve el dolor ajeno, que he hecho los mejores reportajes gracias a mi
capacidad de aislamiento, a mi sangre fría. Se ha abierto la herida que sabía
que nunca había cerrado, pero que quise enterrar. No te engañes; el precio del
autoengaño es el dolor. Y el precio de no hacerlo, también.
Dolor en carne viva.
La luna se elevaba ya en el cielo cuando Borecania apareció detrás de una curva. Así, dormida, la aldea parecía inofensiva. Era un pueblo pequeño, de unas ochocientas almas, encajado entre los riscos y el mar y cerca de la nueva autovía. Antes había sido una localidad olvidada, sin playa para turistas, de empinadas calles con olor a tripas de pescado, escondida al final de una carretera serpenteante y abollada. Ahora parecía que seguía siendo el mismo poblacho asqueroso, pero la carretera era bastante mejor. La fábrica de conservas, motor de la economía local, elevaba sus chimeneas en la noche, esperando el día siguiente para seguir produciendo peces despedazados que antes se llevaban una vez por semana en un camión resollante cuesta arriba, hacia la civilización, o en cargueros con ganas locas de hundirse, hacia los otros pueblos.
El avance de los tiempos y la mejora de las comunicaciones habían tenido obvias consecuencias en el lugar, manifestadas en principio en la creación de un hostal para camioneros en la parte alta, a la entrada desde la autovía. Antes, allí había un poco de hierba donde pacía un ramillete de cabras. La construcción que había surgido era chaparra y anodina, pintada de blanco, con ventanas regulares como nichos de cementerio cada par de metros, y todo el espacio posible dedicado a aparcamiento para camiones.
Sira Salanueva pasó bajo las letras metálicas colgadas en el frontal del edificio, en las que se podía leer "Hostal Las Lanzas", y entró en el humilde motel del pueblo pesquero, encaramado en lo más alto de la pendiente. Un mostrador mal iluminado, bajo una reproducción enorme y deslucida del cuadro de Velázquez "La rendición de Breda", hacía las veces de recepción. Sobre el mostrador había un timbre. Lo hizo sonar.
Al poco, apareció una mujer robusta de aspecto cansado, de unos cincuenta años, con el pelo entreverado de canas, que se secaba las manos hinchadas de fregar en un trapo de cocina, y poseedora de los ojos claros que eran la marca de fábrica de la comarca. Sira no la reconoció, y la mujer tampoco dio muestras de identificarla, así que pidió una habitación.
—Salanueva, ¿eh? —dijo la mujer cuando vio la identificación de su huésped al hacer los papeleos—. ¿Es de por aquí?
—Sí.
—Pues no me suena su cara... ¿Viene a ver a la familia?
—No.
—Ah, ¿está de paso, entonces?
La mujer padecía el mal endémico de la zona: la curiosidad sobre las vidas ajenas, en su variedad indiferente a la resistencia del objeto. Era probable que sufriera también de la variedad parlanchina de tal curiosidad, y eso podía tener ciertas ventajas aprovechables para un periodista.